domingo 4 de noviembre de 2007

A PROPÓSITO DE LA GUERRA ANTISUBVERSIVA

Diez Olvidos

No pasa día -en rigor, no pasa hora- sin que desde todos los medios masivos a su disposición, las izquierdas gobernantes y cogobernantes vuelvan una y otra vez sobre la condena del Proceso y de la Guerra Antisubversiva. Como tampoco pasa una hora sin que desde alguna instancia más o menos jurídica, nacional o transnacional se intente o se ejecute una nueva estrategia para mantener a los presuntos o reales represores de la guerrilla en permanente estado de acusación.
Por Antonio Caponnetto - Cabildo



NuevoEncuentro 03/11/07


Las respuestas y las reacciones que se suscitan ante tal estado de cosas están lejos de ser satisfactorias. Empezando por las respuestas de los jefes castrenses, que han optado entre entregarse sin combatir, a expensas de su honor, asociarse vergonzosamente al enemigo sirviéndole de guardia pretoriana o de embajadores, o proferir discursos pacifistas. El resultado es una confusión tan multiforme, una mentira tan honda y una falsificación tan sistemática de la historia, que nos parece oportuno presentar la siguiente enunciación de olvidos:

1.- Se ha olvidado, en primer lugar, la existencia del Comunismo Internacional, con su pecuela de cien millones de muertos durante el siglo XX. La cifra no es arbitraria, ni retórica ni antojadiza. Es el resultado de un cálculo científico, corroborado tras prolijas y actualizadas investigaciones de carácter demográfico, en una voluminosa obra escrita por seis autores insospechados de antimarxismo: El libro negro del Comunismo, Barcelona, Planeta-Espasa, 1998, en su versión castellana.
Los profesionales de la protesta antigenocida, tan prontos a blandir cantidades más emblemáticas y falsas que reales, (como las de los seis millones del Holocausto o la de los treinta mil desaparecidos), no han dicho una sola palabra a propósito de tan monstruosa constatación. Entre el 12 y 14 de junio de 2000, en Vilnus, Lituania, tuvo lugar el Primer Congreso Internacional sobre la Evaluación de los Crímenes del Comunismo (CIECC), organizado por la Fundación de Investigación de Crímenes Comunistas presidida por Vytas Miliauskas. No se ha visto ni se verá jamás allí a representante alguno de las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, ni al juez Garzón y sus múltiples secuaces nativos y foráneos. Con lo que se constata una vez más -sin que haga falta- que los invocados derechos no son más que un recurso dialéctico de la Revolución, y que las tales agrupaciones que los invocan no han nacido sino para custodiar los intereses de la praxis marxista. Lo cual -pongámosnos de acuerdo- no sería incoherente ni lo más grave si no mediara el hecho de que los mencionados ideólogos y agitadores insisten en presentarse como pacíficos ciudadanos preocupados por cualquier atentado de lesa humanidad.


2.- Se ha olvidado, en segundo lugar, que al amparo de aquella estructura ideológico-homicida apa­reció en la Argentina el fenómeno del terrorismo marxista, responsible de innúmeros actos delictivos y sanguinarios, y causa eficiente de la guerra revolucionaria, a la que toda Nación así agredida está obligada a enfrentar, aún con el concurso de sus Fuerzas Armadas. No fue un hecho aislado ni eventual ni azaroso ocurrido en nuestro país; fue parte de una planificada y cruenta operación extendida -sucesiva y simultáneamente- por toda América y por otras regiones del mundo. La Argentina no vi­vió una guerra civil. Fue agredida desde las usinas internacionales del marxismo con el concurso de subversivos vernáculos.


3.- Se ha olvidado, en tercer lugar, que el susodicho terrorismo no fue sólo ni principalmente físico, sino psicológico, político, económico y moral, buscando como blanco antes las almas que las armas. El término subversión -hoy olvidado- da una idea exacta, en recta semántica, de lo que aquella planificada ofensiva comunista quería conseguir y consiguió. El terrorismo resultó derrotado, pero la subversión campea victoriosa, gobierna y justifica y legitima ahora a los terroristas. Este triunfo subversivo -que está instalado en todos los ámbitos, desde el universitario hasta el eclesiástico, desde el periodístico hasta el gubernamental- fue consecuencia directa de la imperdonable ceguera e ignorancia doctrinal de las Fuerzas Armadas, a través de sus sucesivas conducciones, partícipes todas de la cosmovisión liberal, progresista y moderna de la política. Prefirieron proclamar que los argentinos eran derechos y humanos -pagando tributo a las categorías mentales del enemigo- cuando lo que correspondía era saber definirse contrarrevolucionarios. Prefirieron tener por fin la democracia antes que la patria. La paradoja es que los titulares de aquellos gobiernos militares, miopes y cómplices del error no son enjuiciados ni castigados, como debieran serlo, por causa de esta derrota contra la subversión, sino en razón de su victoria contra el terrorismo.


4.- Se ha olvidado, en cuarto lugar, que tanto la subversión como el terrorismo contaron con el apoyo explícito e incondicional de las genéricamente llamadas agrupaciones internacionales de solidaridad. Principalmente de la célula Madres de Plaza de Mayo, cuyas integrantes -que manejan ahora hasta el funcionamiento de una "universidad", y que han sido insensatamente promovidas, homenajeadas y hasta recibidas en los ámbitos presidenciales- no dejan posibilidad alguna de duda sobre sus propósitos a favor de la lucha armada. Tampoco esto nos parece incoherente o lo más grave, sino el hecho de que se preterida presentar a las Madres como modelos de la defensa de la vida y de la libertad. Hay que decirlo de una buena vez: Madres, Abuelas e Hijos son tres agrupaciones terroristas que gozan de impunidad, y hasta cuentan en algunos casos con subsidios estatales, llamados eufemísticamente indemnizaciones.
Si las cosas se hubieran hecho bien, si una inteligencia cristiana hubiera comandado aquellas acciones bélicas, y una voluntad auténticamente castrense las hubiera consumado, no habrían existido desaparecidos sino ajusticiados, como consecuencia de una límpida, pública y responsible acción punitiva. Es posible, se dirá, que las Madres de Plaza de Mayo hubieran existido igual sin desaparecidos, pues su propósito institucional -quedó después en claro- no era recuperarlos sino apoyarlos y encubrirlos, desde la apelación a lo emocional hasta el uso de las armas. Pero si quienes libraron la guerra justa con­tra la subversión se hubieran abstenido de utilizar algunos de los mismos procedimientos perver­sos del adversario, su triunfo moral sobre ellos sería hoy apabullante e incuestionable.


5.- Se ha olvidado, en quinto lugar, que los soldados argentinos que combatieron en la ciudad o en los montes, bajo las formas más o menos clásicas de la guerra o las atípicas que el partisanismo impone, perdiendo por ello sus vidas o arriesgándose a perderlas, merecen la gratitud y el aplauso, el trato heroico y el reconocimiento de su valor. Ellos y sus familias vivieron múltiples peripecias y situaciones de riesgo, hasta que -muchos- cayeron en combate o quedaron gravemente mutilados. Libraron el buen combate sin ensuciar sus uniformes ni sus conductas. Sus nombres y los de las batallas en las que actuaron no pueden ser suprimidos de la memoria nacional, como vilmente viene sucediendo.

6.- Se ha olvidado, en sexto lugar, que no toda acción represiva es inmoral, y que aún del hecho de una represión ilícita no se sigue la inocencia de quienes la hayan padecido. Ambas cosas sucedieron en nuestro país. Hubo una represión del terrorismo perfectamente legítima y encuadrable dentro de los cánones de la guerra justa. Y hubo una represión -aconsejada por los eternos asesores de imagen que continuamente proporciona el poder mundial para estas ocasiones- que violó las normas éticas, siempre vigentes, aún en tiempos de conflagración, desnaturalizando aquella contienda y enlodando a quienes la ordenaban. Mas por enorme que resulte el repudio a aquel modo torcido de reprimir el accionar terrorista, ello no convierte en inocentes a todos aquellos sobre los cuales se ejecutó, ni en torturadores a todos aquellos militares que pelearon. Sin mengua de que hayan podido resultar lesionados algunos inocentes, hubo culpables reprimidos lícitamente y culpables reprimidos ilícitamente. Pero lo más penoso, es que hubo grandes culpables protegidos. Después, y hasta hoy, ocuparían los cargos más encumbrados del Estado. Muchos altos jefes de las FF.AA. deberían responder por esta altísima traición a la patria.


7.- Se ha olvidado, en séptimo lugar, que no existió ninguna dictadura militar ni ningún genoci­dio. Debió existir la primera -posibilidad prevista en la vida política de una nación y en las formas gubernamentales de emergencia en tiempos de anarquía- como respuesta necesaria y oportuna a la situación extraordinaria que se vivía entonces. Contrariamente, las sucesivas cúpulas castrenses procesistas se declararon en pro de "una democracia moderna, eficiente y estable", y se comportaron como una variante más del Régimen: la del partido militar. Hasta que trasladaron mansamente el poder al más conocido picapleitos del sanguinario jefe erpiano. La imagen de Bignone entregando satisfecho el mando a Alfonsín, defensor de Santucho, es el símbolo más elocuente de la inexistencia de dictadura castrense alguna, y la prueba más patética de la existencia de una connivencia oprobiosa entre aquellas mencionadas cúpulas procesistas y los mandos subversivos.
Así como no hubo dictadura no hubo genocidio, pues muertos por procedimientos lícitos o ilícitos, los guerrilleros abatidos no fueron perseguidos por cuestiones raciales o étnicas, sino por constituir un ejército invasor, de raigambre internacionalista, durante una contienda iniciada formalmente por ellos. Todas las comparaciones que se hacen entre el Proceso y el Nacionalsocialismo, resultan ridiculas, falaces, desproporcionadas y carentes de sustento. Tanto por la falsificación que comporta de los hechos argentinos como por la exageración de los hechos ocurridos en la Alemania del Tercer Reich. La estú­pida analogía no es más que propaganda comunista para consumo de ignorantes y de mendaces.

8.- Se ha olvidado, en octavo lugar, que no hubo un terrorismo de Estado sino una cobardía de Estado; del Estado Liberal concretamente, incapaz de hacerse responsible -con nombres y apellidos al pie de las sentencias- de las sanciones penales públicas más drásticas, perfectamente aplicables en tiempos de guerra contra un invasor externo con apoyos nativos. Pero más allá de esta cobardía repudiable, no puede establecerse ninguna simetría entre el Estado agredido que justamente se defiende y preserva, y la acción disociadora de las células guerrilleras, que pretendían constituirse en un Estado dentro del Estado. Hubo acciones represivas del Estado Argentino perfectamente plausibles, como la intervención militar en Tucumán con el Operativo Independencia. Y otras medrosas e indignas, según las cuales, la clandestinidad y la "ofensiva por izquierda" eran preferibles a la reacción diestra y nítida.


9.- Se ha olvidado, en noveno lugar, que no existieron campos de concentración ni holocaustos
de ninguna especie. En todo caso, tan mal pudieron pasarla los guerrilleros detenidos como los secuestrados en las cárceles del pueblo. Los casos de Larrabure e Ibarzábal seguirán siendo terriblemente paradigmáticos al respecto.
La tortura es un procedimiento inmoral, aunque quepan algunas distinciones casuísticas sobre la aplicación de los castigos físicos. Mas no existe un determinismo que convierte a todo militar en un torturador, sino una naturaleza humana caída que puede degradar al hombre, cualquiera sea el bando al que pertenezca. La dialéctica que have del militar un torturador y un secuestrador de criaturas y del guerrillero una víctima mansa e indefensa, no resiste la menor confrontación con la realidad y es parte constitutiva de una nueva y grosera leyenda negra. Pero también debe decirse que no toda medida de con-tención física de un delincuente es tortura, ni lo es todo interrogatorio de un culpable, y que resulta una hipocresía inadmisible escandalizarse por la falta de un trato humano después de habérselo negado a otros.


10.- Se ha olvidado, en décimo lugar, que no eran alegres utopías las que movilizaban a los cuadros guerrilleros sino un odio visible sostenido en una ideología intrínsecamente perversa. No eran tampoco desprotegidos y desguarnecidos corderos, a merced de una jauría desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas y entrenadas para matar y morir. Ninguna inocencia los caracterizaba. Ningún atenuante los alcanza. Secuestraron y maltrataron a sus víctimas horrorosamente; extorsionaron y se desempeñaron como victimarios de su propio pueblo; practicaron el sadismo entre sus mismos compañeros de lucha; tuvieron sus centros clandestinos de detención; arrojaron a muchos jóvenes y hasta adolescentes al combate, utilizando después sus muertes como propaganda partidaria y como argumentos sentimentales contra la represión. Y no se privaron de escudarse en sus propios hijos para propiciar sus fugas o para cubrirse en las refriegas, dejándolos abandonados en no pocas ocasiones. Esos hijos por los que hoy se reclama fueron, en algunos casos, abandonados por sus mismos padres, después de haberlos usado como coartada, tal como surge con toda claridad de muchas de las actuaciones judiciales respectivas. No todo hijo de desaparecido fue arrancado de sus padres, adulterado en su identidad y entregado en tenencia a una familia sustituía. Muchos fueron abandonados por la pareja de guerrilleros que eventualmente los tenía consigo o que los había engendrado. Y fueron recogidos, adoptados y criados con las mejores intenciones por abnegados ciudadanos o por solícitas familias castrenses.


Queden señalados esquemáticamente estos olvidos. No son los únicos sino los que conviene recor­dar en los duros momentos actuales. Queden señalados, porque recordar es un deber, y olvidar es una culpa. Queden señalados, porque sin la memoria intacta y alerta no se puede marchar al combate. Y el combate aún no ha terminado.

1 comments:

Anónimo dijo...

1.- Se ha olvidado, en primer lugar, la existencia del Fachismo Internacional, con su pecuela de más de 270 millones de muertos durante el siglo XX. La cifra no es arbitraria, ni retórica ni antojadiza. Es el resultado de un cálculo científico, corroborado tras prolijas y actualizadas investigaciones de carácter demográfico.
Los profesionales del autoritarismo genocida, tan prontos a blandir cantidades más emblemáticas y falsas que reales, (como las de los 9 mil desaparecidos), no han dicho una sola palabra a propósito de tan monstruosa constatación. Con lo que se comprueba una vez más -sin que haga falta- que los invocados derechos que negaron a otros y hoy pretender hacer valer para sí mismos, no son más que un recurso dialéctico del fachismo, y que las tales agrupaciones que los invocan
(como Argentinos por la Memoria Completa, Orden Nacional, etc.) no han nacido sino para custodiar los intereses de su nefasta praxis, y los personales, ya que antes se creían dioses y hoy andan con el rabo entre las patas. Lo cual -pongámosnos de acuerdo- no sería incoherente ni lo más grave si no mediara el hecho de que los mencionados ideólogos y agitadores insisten en presentarse como fervientes católicos, pacíficos ciudadanos preocupados por cualquier atentado de lesa humanidad y movidos por sus deseos de una Patria reconciliada.


2.- Se ha olvidado, en segundo lugar, que al amparo de aquella estructura ideológico-homicida apa­reció en la Argentina el fenómeno de las dictaduras suvversivas, responsable de innúmeros actos delictivos y sanguinarios, y causa eficiente de la guerra revolucionaria, a la que toda Nación así agredida está obligada a enfrentar, aún contra sus Fuerzas Armadas. No fue un hecho aislado ni eventual ni azaroso ocurrido en nuestro país; fue parte de una planificada y cruenta operación extendida -sucesiva y simultáneamente- por toda América y por otras regiones del mundo. La Argentina vi­vió una guerra civil. Fue agredida desde las usinas internacionales del Fachismo con el concurso de sus esquizoides y alcoholizados vernáculos.


3.- Se ha olvidado, en tercer lugar, que el susodicho terrorismo no fue sólo ni principalmente físico, sino psicológico, político, económico y moral, buscando como blanco antes las almas que a un enemigo concreto. El término subversión -hoy olvidado- da una idea exacta, en recta semántica, según el diccionario, levantamiento popular en protesta de sistema dictatorial y antidemocrático. El Proceso de Reorganización Nacional resultó derrotado, pero sus nostálgicos campean victoriosos en una forma especial de delirium tremens,y justifican y legitiman ahora las atrocidades cometidas a la población. Esta lacra, aunque en porcentaje ínfimo, está instalada en todos los ámbitos, desde el universitario hasta el eclesiástico, desde el periodístico hasta el gubernamental.
La ignorancia doctrinal de las Fuerzas Armadas, a través de sus sucesivas conducciones, los llevó a ser partícipes y estar en conocimiento todas de los métodos monstruosos que pensaron para destruír a la subversión, sin la posibilidad de discernir enre el bien y el mal y sólo acatar como descerebrados. Prefieren proclamar que el silencio era salud y que los argentinos eran derechos y humanos cuando lo que correspondía y corresponde es saber definirse como asesinos movidos por el dinero y la omnipotencia. Prefirieron tener omnipotencia y cuentas frondozas en el extranjero antes que la patria. La paradoja es que los titulares de aquellos gobiernos militares, miopes y cómplices del error no son todos enjuiciados ni castigados, como debieran serlo.


4.- Se ha olvidado, en cuarto lugar, que tanto la dictadura como el terrorismo contaron con el apoyo explícito e incondicional de Estados Unidos de América, Europa y/o las genéricamente llamadas agrupaciones internacionales de solidaridad.
Con cinismo inagotable, pretenden presentar a las Madres de Plaza de Mayo como terroristas y no como lo que son: modelos de la defensa de la vida y de la libertad. Hay que decirlo de una buena vez: Madres, Abuelas e Hijos NO son tres agrupaciones terroristas que gozan de impunidad, que hasta cuentan en algunos casos con subsidios estatales, llamados irónicamente indemnizaciones (si es posible indemnizar la pérdida de un hijo o una familia entera), sino que son de los pocos ciudadanos con coraje cívil que pese a corre peligro de muerte, no retrocedieron en intentar parar al genocidio.
Si las cosas se hubieran hecho bien, si una inteligencia, o al menos una moral o una fé cristiana hubiera comandado aquellos hombres bélicos, y una voluntad auténticamente castrense las hubiera consumado, no habrían existido desaparecidos sino enjuiciados y condenados aún cuando la pena hubiese sido la muerte, como consecuencia de una límpida, pública y responsable acción punitiva. Entonces, las Madres de Plaza de Mayo no hubieran existido, ya que no hubiese habido desaparecidos, ni criaturas secuestradas y vendidas en adopción. Hoy estos hombres incultos y siniestros, intentan a manotazo de ahogado lavar o recuperar el honor que jamás tuvieron, apoyándose y encubriéndose mutuamente, utilzando desde la apelación a lo emocional (de lo que en los 70, jamás demostraron poseer, hasta el uso de las armas. Pero si quienes libraron la guerra justa con­tra la subversión se hubieran abstenido de utilizar los procedimientos perver­sos de los que no sólo hicieron uso sino abusaron, su triunfo moral sobre ellos sería hoy apabullante e incuestionable.


5.- Se ha olvidado, en quinto lugar, que los soldados argentinos que combatieron en la ciudad o en los montes, bajo las formas más o menos clásicas de la guerra o las atípicas que la guerrilla impone, perdiendo por ello sus vidas o arriesgándose a perderlas en su mayoría en manos de sus superiores, merecen la gratitud pero ni el aplauso, o el reconocimiento de su valor, valor es saber oponerse a ser partícipe o testigo de atrocidades dignas de un criminal. Casi no hubo combates. Combates son situaciones en las que ambos grupos o ejércitos luchan en más o menos igualdad de condiciones, y no que cuando una patota de militares sedientos de saqueo y sangre, sorprenden al enemigo rodéndolo mientras duerme y llevándoselo encapuchado, aún cuando este esté embarazado o sea un bebé.
Nunca libraron un buen combate sin ensuciar sus uniformes ni sus conductas. Sus nombres y los de las aberrantes acciones en las que actuaron o callaron, no pueden ser suprimidos de la memoria nacional, como vilmente viene sucediendo con la proclamada reconciliación nacional.

6.- Se ha olvidado, en sexto lugar, que no toda acción represiva es inmoral, y que aún del hecho de una represión ilícita no se sigue la inocencia de quienes la hayan padecido, como tampoco de quiénes la cometieron.
En nuestro país, hubo una represión del terrorismo imposible de encuadrar dentro de los cánones de la guerra justa. Hubo una represión -aconsejada por los eternos asesores de imagen que continuamente proporciona el poder mundial para estas ocasiones- que violó las normas éticas, siempre vigentes, aún en tiempos de conflagración, desnaturalizando aquella contienda y enlodando a quienes la ordenaban. Mas por enorme que resulte el repudio a aquel modo torcido de reprimir el accionar terrorista, ello no convierte en inocentes a todos aquellos sobre los cuales se ejecutó, ni en torturadores a todos aquellos militares que pelearon. Pero también hay que tener en cuenta, que el que calla otorga, y quien sabiendo la existencia de torturas y campos de exterminio no hizo prevalecer la moral, la dignidad y las convenciones internacionales de guerra, es tan criminal, como quien tortura o asesina. Resultaron lesionados muchos inocentes, hubo culpables reprimidos ilícitamente y culpables reprimidos ilícitamente. Pero lo más penoso, es que hubo y hay grandes culpables protegidos. Después, y hasta hoy, ocuparían los cargos más encumbrados del Estado. Muchos altos jefes de las FF.AA. deberían responder por esta altísima traición a la patria.


7.- Se ha olvidado, en séptimo lugar, que existió una dictadura militar y que hubo genoci­dio. Jamás debió existir la primera -la única posibilidad prevista en la vida política de una nación y en las formas gubernamentales de emergencia como respuesta necesaria y oportuna a la situación extraordinaria que se vivía entonces, debió haber sido la que corresponde. que las fuerzas armadas se pongan al servicio de la Patria y la democracia y la defiendan con su vida, sin alterar la forma de gobierno. Contrariamente, las sucesivas cúpulas castrenses procesistas se declararon en pro de "una cuenta bancaria frondoza, poder ilimitado, ineficiente e inestable", y se comportaron como una variante más de un Régimen Fachista. Hasta que trasladaron forzosamente el poder y posibilitaron las elecciones, no por pensantes y menos por buenos, sino porque no les quedaba otra.
El intento de contar el apoyo social con la patética recuperación de las Malvinas, les dió el tiro de gracia y los catapultó al ridículo internacional cuando al cabo de unos pocos días, capitularon en manos del valeroso Astiz, torturador de embarazadas, monjas y madres, pero incapaz de heroísmo recuperando tierra Patria. La imagen de Bignone entregando satisfecho el mando a Alfonsín, es el símbolo más elocuente de la existencia de dictadura castrense y la prueba más patética de la existencia de una connivencia oprobiosa entre aquellas mencionadas cúpulas procesistas y los mandos subversivos.
Así como hubo dictadura, hubo genocidio, ya que los muertos y desaparecidos lo fueron por procedimientos ilícitos o ilícitos. Los guerrilleros abatidos no fueron perseguidos por constituir un ejército invasor, ya que todos eran compatriotas argentinos. Todas las comparaciones que se hacen entre el Proceso y el Nacionalsocialismo, resultan ridiculas, y parten esclusivamente de la forma cómo se definían los miembros de los Grupos de Tareas o los seguidores y nostálgicos de hoy, pero esta gente ni siquiera tiene capacidad para eso. Tanto por la falsificación que comporta de los hechos argentinos como por la incapacidad de hacer frente y asumir responsabilidades. La estú­pida analogía no es más que propaganda de sus inorgásmicas mujeres para consumo de ignorantes y de mendaces.

8.- Se ha olvidado, en octavo lugar, que hubo terrorismo de Estado y una cobardía de Estado; incapaz de hacerse responsable -con nombres y apellidos - de las atrocidades y excesos cometidos.
Jamás hubo un invasor externo, porque la subversión estaba integrada únicamente por compatriotas. Más allá de esta cobardía repudiable por parte de las Fuerzas Armadas y las Juntas militares que dictatoriaron, no puede establecerse ninguna simetría entre el Estado agredido que justamente se defiende y preserva, y la acción disociadora de el asesinato masivo de hombres, mujeres y criaturas, a través de los Grupos de Tareas que pretendían constituirse en un Estado dentro del Estado.No hubo acciones represivas del Estado Argentino que puedan considerarse plausibles, sólo las hubo medrosas e indignas, que eran preferibles a la reacción diestra y nítida.


9.- Se ha olvidado, en noveno lugar, que existieron campos de concentración.
Que la guerrilla jamás torturó físicamente a sus secuestrados y que en caso de ajusticiamientos, los familiares pudieron siempre recuperar sus cuerpos y sepultarlos en forma debida.
Que ninguna víctima de la subversión fue arrojada viva al mar o al río de La Plata, violada o debió dar a luz en condiciones infrahumanas bajo cautiverio y menos que menos, la guerrilla se apoderó de ningún hijo ajeno para venderlo en adopción entre sus filas y todavía menos, jamás sometió a torturas o secuestro a criaturas o menores de edad.
La tortura es un procedimiento inmoral, aunque quepan algunas distinciones casuísticas sobre la aplicación de los castigos físicos. Mas no existe un determinismo que convierte a todo militar en un torturador, sino una naturaleza humana caída que puede degradar al hombre, cualquiera sea el bando al que pertenezca. Pero también debe decirse que no toda medida de con-tención física de un delincuente es tortura, ni lo es todo interrogatorio de un culpable, y que resulta una hipocresía inadmisible escandalizarse por la falta de un trato humano después de habérselo negado a otros.


10.- Se ha olvidado, en décimo lugar, que no era heroísmo patriota lo que movilizaba a los militares, sino un odio visible sostenido en una ideología intrínsecamente perversa, la ideología del poder ilimitado, el autoritarismo y el bolsillo lleno. Eran una jauría desenfrenada de soldados, tropas fríamente adiestradas y entrenadas para saquear, secuestrar, torturar y matar. Ninguna inocencia los caracterizaba. Ningún atenuante los alcanza. Secuestraron y maltrataron a sus víctimas horrorosamente; extorsionaron y se desempeñaron como victimarios de su propio pueblo; practicaron el sadismo entre sus mismos compañeros de lucha; tuvieron sus centros clandestinos de detención; arrojaron a muchos jóvenes, mujeres y hasta adolescentes y púberos al mar o al río , utilizando después sus muertes como propaganda antisubversiva, involucrando sus muertes a inexistentes atentados terroristas y en otros casos, como argumentos sentimentales contra la subversión (Sra., Ud. sabe dónde está su hijo?). Y no se privaron de escudarse en argumentos hipócritas para propiciar sus fugas o para esconderse de juicios y responsabilidades, dejándo abandonados a sus camaradas en no pocas ocasiones. Ningún subversivo abandonó a sus hijos. Diana Teruggi fue capaz de proteger con su cuerpe el de su beba Anahí. No todo hijo de desaparecido fue arrancado de sus padres, adulterado en su identidad y entregado en tenencia a una familia sustituía, otros fueron llevados a asilos o a la Casa Cuna y fueron recogidos, adoptados y criados con las mejores intenciones por abnegados ciudadanos que desconocen su pasado.


Queden señalados esquemáticamente estos olvidos. No son los únicos sino los que conviene recor­dar en los duros momentos actuales. Queden señalados, porque recordar es un deber, y olvidar es una culpa. Queden señalados, porque sin la memoria intacta y alerta no se puede marchar al combate. Y el combate aún no ha terminado.

Celeste Cuesta
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